En la región de Thiers había una vez un ferviente párroco tan sincero, que había conseguido transformar a todos los habitantes de la parroquia del valle de Durolle desde su estancia en el lugar, nadie cometía delitos. Los hombres, casi siempre andantes de malos pasos, se mantenían en un esperanzador estado de pureza, dejando la embriaguez y las peleas de lado.

La influencia del párroco tenía muy molesto al diablo, hasta el punto que no dejaba de deambular por la ciudad en busca de almas desamparadas para conducirles por el infame pecado. El diablo no podía acercarse al párroco, puesto que este le ahuyentaba siempre con una cruz, así que decidió por atormentar al burro del buen hombre.

Se transformó en abejorro para hostigarle zumbándole en las orejas y picándole, pero el burro no le daba su atención. Al llegar la noche buena el burro esperaba –como era costumbre- su doble ración de comida. Cuando llegó el sochantre de la parroquia le pidió que le hiciera un gran favor.
-Mi buen asno, esta noche mis ovejas van a parir, por ello debo estar con ellas y no podré estar en la misa, necesito que tú estés ahí por mí.

Al asno no le impresionó la oferta del sochantre, pues ya había escuchado que la noche buena los animales tienen la facultad de hablar con las personas. Acepto la oferta asintiendo con su cabeza.
-Solo es necesario que digas “amen” esporádicamente. Haz una prueba- el. burro rebuznó.
-Muy bien, todo el mundo te escuchará bien, puesto que cantas más alto que yo- dijo el sochantre. –nuestro párroco estará orgulloso de ti-.

El burro no se percató, que quien tiene el poder de transformarse en abejorro, o en murciélago, también tiene la habilidad de convertirse en sochantre. El burro empezó a acicalarse, se sacudió el polvo y se lamió un par de veces para verse mejor ante el público que le esperaba.

Al llegar el momento, el burro se dirigió a la iglesia por el llamado de la campana, todo el pueblo ya estaba esperando al sochantre junto al párroco, el burro se lanzó por los pasillos y se detuvo en seco, pensando que iba tarde, y de inmediato púsose a rebuznar, las mujeres gritaron de espanto y los hombres intentaron capturarlo para sacarlo del recinto, el burro asustado intentó explicar la situación rebuznando con más fuerza, consiguiendo solo mayor exaltación en la iglesia.

Antes lo golpes que le propinaban, el burro terminó por huir despavorido del lugar, le persiguieron por el bosque muchos minutos, hasta que consiguió dejar atrás a los enfurecidos que le perseguían, se detuvo después por el cansancio, se había golpeado con muchos árboles durante su carrera. Una vez estuvo solo se presentó ante él una luz rojiza, cuando alzó la mirada, observó al falso sochantre frente a él, supo enseguida que se trataba del diablo y de una inescrupulosa trampa. Ahora estaba a la merced del malvado ser, puesto que había pecado.
-Ahora eres mío-, dijo el diablo mientras reía, y resopló, el burro sintió que una fuerza invisible le atraía hacia la tierra, tumbándolo de golpe.

El burro le dijo:
-¿Quién eres?, te suplico piedad por un pobre ciego, me he golpeado los ojos contra unos matorrales espinosos y ahora, aparte de pecador, soy un ciego sin remedio. Por favor, dime la dirección hacia mi hogar, quisiera que mi última noche sobre la tierra fuese allí.

-¿Qué ganaré por ayudarte?, quien te habla es el mismísimo diablo-.
-En vista de que eres el mismísimo diablo, ganarías mi alma a cambio de tu utilidad como mi guía, acaso, ¿no es eso lo que siempre buscas ganar en los tratos?-dijo el burro con voz moribunda.
-Aunque un alma de asno no sirve para nada, igual la acepto. Sujeta mi cola y te guiaré-.

El diablo, malicioso quería hacer caer al burro ciego por un río de aguas heladas, puesto que iba tras él y no podía observar. El burro sin embargo, si podía ver, y supo de inmediato el cruel plan de su guía. El diablo, cuando ya estaba próximo al río, le dijo al burro que caminara más rápido, el diablo pensaba dar un gran salto hasta la otra orilla, evitándose el chapuzón en el agua fría, cuando estaban a unos metros, el diablo apretó el paso para hacerle la jugada al burro, pero este le mordió la cola al diablo con suficiente fuerza como para arrancársela.

Haciendo que el maligno ser cayera de cabeza en el agua, gritando con dolor. Sus lloriqueos se oyeron hasta el pueblo. El burro corrió inmediatamente hacia el párroco, llevándole el rabo del diablo. Cuando el párroco observó aquello entendió la situación, y perdonó al inocente burrito. Le dio, esa noche buena, como premio por su buen obrar, la doble ración de comida que se tenía merecida y un buen vaso de vino tibio, todos pasaron contentos la noche buena, y, el diablo no volvió a merodear por el lugar.