Antes de que en el mundo existiese noche o día, se reunieron todos los dioses del universo para una discusión que se llevaría a cabo en Teotihuacan.

Uno de ellos preguntó:
-¿Quién de todos nosotros se encargara de iluminar el planeta?-.

El dios más arrogante de todos, llamado Tecuciztécatl dijo que él sería el encargado de alumbrar la magnificencia de la tierra, sus llanos, praderas y desiertos; montañas, bosques y selvas; ríos, mares y océanos.

Luego preguntaron los dioses:
-¿Quién más se ofrece?-, todos se miraron con desconcierto las caras. Nadie más fue capaz de ofrecerse para la tarea.
-Sé tú quien alumbre también- le dijeron a Nanahuatzin, esta era una deidad fea, callada y humilde. El obedeció la orden con benevolencia.

Ambos dioses tuvieron que hacer las penitencias para poder llegar al sacrificio con pureza, luego de varios días se reunieron todos los dioses junto al fuego para atestiguar el sacrificio de Nanuhuatzin y Teciciztecalt.
-Ea, Tecuciztecalt, ¡Lánzate al fuego! Él intento hacerlo pero no se atrevió. Se asustó. Lo intento 4 veces más, pero siempre retrocedía, no tuvo el valor. Entonces dijeron:
-Ea, Nanahuatzin, ¡Lánzate tú!- luego de que hubo cerrado los ojos, se arrojó a las llamas.
Cuando el Dios Tecuciztécalt observó a Nanahuatzin arrojarse al fuego, se sintió avergonzado por su cobardía y temor, aventándose a la fogata precipitadamente y sin pensarlo.

Después de todo lo sucedido, después de la puesta en prueba de valentía, con demostraciones natas de humildad, y de superación de los temores. Luego del evidente sentido del sacrificio mostrado por los dioses al arrojarse a las llamas ardientes con objetivos de pureza, de ayudar a sus iguales, de ayuda ajena a si mismos.

Después de todo esto, los dioses observaron en dirección al este y dijeron:
-Por esa parte hará su presencia el Dios Nanahuatzin, convertido en el sol-. Y así fue como sucedió. Nadie le podía mirar puesto que lastimaba los ojos. Esta era una metáfora hacia su fealdad. Resplandeciente, esparcía sus rayos de luz por doquier.

Después de que el Dios Nanahuatzin apareciera como el sol, apareció el Dios Tecuciztécalt convertido en la plateada luna. Cuya luz era reflejo del sol, una metáfora por la valentía de Nanahuatzin que inspiro a Tecuciztécalt.

El orden en que entraron al fuego ardiente fue el mismo al que quedaron destinados, por el resto de la eternidad, a aparecer en la tierra, empezando el día con el sol, y finalizando en la noche con la luna.
Desde entonces existen el día y la noche en el planeta, y la diferencia de luz que los divide.